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Carta Pastoral: “El atardecer de la vida”

Queridos diocesanos:

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Fue en esta tierra giennense donde San Juan de la Cruz tuvo la oportunidad de pasar, con matrícula de honor, el examen del amor. Aquello que él había escrito para sí, se cumplió en los dos últimos conventos en los que pasó los últimos días de su existencia: en la Peñuela, por donde hoy está la ciudad de La Carolina, y en su penúltima morada, el convento de Carmelitas Descalzos de Úbeda. En uno de sus “dichos de luz y amor”, cuyo manuscrito ológrafo se conserva en Santa María de Andújar, afirma que “al final de la vida me examinarán del amor”. Pues bien, lo que él quería no sólo sentir sino vivir, lo experimentó con creces.

Si cito a San Juan de la Cruz es porque el lema y el contenido de la Jornada por la Vida que celebraremos, como cada año, el 25 de marzo, evoca este dicho suyo, que tanto éxito poético, existencial y espiritual sigue teniendo. Y lo hace porque, en esta ocasión, sin olvidar las grandes preocupaciones que la Iglesia Católica tiene siempre en cuenta en su servicio a la vida, pone su mirada en la “edad tardía”, en los mayores. Se centra esta lectura actualizada del Evangelio de la Vida, que cada año hacemos en esta jornada, en la sabiduría de ese tiempo de gracia y amor, que es el atardecer. Nadie mejor que un verdadero maestro de vida buena y bella, el Santo doctor de la Iglesia, para conducirnos en esta reflexión sobre los últimos días de nuestra existencia terrena y sobre nuestro paso al encuentro con el Padre.

Los cristianos mayores sabemos muy bien que “la luz de la fe ilumina el atardecer de la vida”. Eso es lo que nos dice el lema de la Jornada por la Vida de este año 2017. De este modo nos hace caer en la cuenta de la dignidad de los mayores, a pesar de las lógicas debilidades que con toda seguridad van a aparecer en el transcurso de los días. Con este lema también se recuerda que la dignidad, aunque sea un valor intrínseco a cada persona, tiene que ser reconocida y valorada por todos en la sociedad y de un modo especial por aquellos que, por lazos de sangre y afecto, han sido y son testigos del valor de una vida, aunque ahora sea frágil en algunas de sus manifestaciones.

Se nos recuerda en esta Jornada que hay un ángulo infalible para descubrir la dignidad de todos ser humano, y que ese no es otro que el amor. “No es posible captar la riqueza insondable y la dignidad de cada persona, si no es a la luz del amor que, como lámpara preciosa, nos hace captar la verdad y el sentido último de la realidad”. El amor, en efecto, quiere sin condiciones; y cuando se mira sin amor seguramente todo se ve en el otro distorsionado y disminuido. En el caso de los mayores la debilidad nos puede hacer olvidar o negar la grandeza de su existencia. Si no se mira con amor, todo lo que no tiene un aparente canon de perfección se procura ocultarlo, ignorarlo, porque en un mundo de engreídos “perfectos”, el de los hijos de la cultura del placer, el débil es un riesgo y una agresión, que hay que hacer desaparecer, incluso con leyes, como por ejemplo la eutanasia, para que no nos moleste en un imaginario e injusto “mundo feliz”. No es una exageración decir que en “la sociedad actual sólo considera valiosa la vida de los jóvenes y que se minusvalora la vida de los ancianos y de los enfermos, porque se piensa que ya no son útiles, al ser dependientes y, por tanto, que no tienen futuro”.

Este pensamiento, además de inhumano es, por supuesto, anticristiano, antievangélico; es una cruel expresión del “descarte” al que en muchas ocasiones se somete a nuestros mayores. Por eso, la Iglesia española quiere en esta jornada por la vida hacernos mirar hacia esa edad del atardecer, y nos da razones, que yo voy a reducir en tres palabras dichas con todas mis fuerzas: ¡GRATITUD, GRATITUD Y GRATITUD! Es decir, dar gratis y por amor lo que se ha recibido gratis de todos nuestros mayores.

GRATITUD, porque los mayores dieron la vida y cuidaron a los que ahora son más jóvenes, como hicieron con sus hijos y ahora hacer con los nietos.

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GRATITUD, por todo lo que siguen aportando los mayores a la sociedad y, en concreto a la familia, sobre todo con su sabiduría de vida.

GRATITUD, porque los mayores siguen fieles a la misión que asumieron en el mundo y que nunca dejarán de cumplir, porque toda persona, en cualquiera de sus tiempos, es una preciosa lección de vida.

Nuestros mayores necesitan que en esta edad de la vida, que puede resultar larga y dolorosa, les llevemos de la mano por ese trecho del camino que sí tiene un destino: la casa del Padre, a la que nos lleva Jesucristo. No podemos dejarlos solos en esta etapa del camino que finalizará con el encuentro definitivo con el Dios de la Vida. “En ese momento supremo de nuestra existencia, se hace especialmente relevante el morir acompañados, el no afrontar la muerte en soledad, sino en compañía de los seres queridos y de la comunidad donde se ha desarrollado nuestra vida”.

La familia cristiana, las comunidades cristianas, la Iglesia ha de acompañar a los mayores con respeto y amor, para que nadie viva o muera en la soledad o el abandono.

Con mi afecto y bendición.

 + Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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