13:53 h del Domingo día 20 de Octubre de 2019

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Palabra de Vida

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO Ciclo C

Día 1 de Septiembre de 2019


LA HUMILDAD

En el Evangelio de este domingo (Lc 14,1.7-14), encontramos a Jesús como comensal en la casa de un jefe de los fariseos. Dándose cuenta de que los invitados elegían los primeros puestos en la mesa, Él contó una parábola, ambientada en un banquete nupcial. “Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio” ... Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio” (Lc 14,8-10). El Señor no pretende dar una lección sobre  etiqueta, ni sobre la jerarquía entre las distintas autoridades. Él insiste más bien en un punto decisivo, que es el de la humildad: “el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11). Esta parábola, en un significado más profundo, hace pensar también en la posición del hombre en relación con Dios. El “último lugar” puede representar de hecho la condición de la humanidad degradada por el pecado, condición por la cual sólo la encarnación del Hijo Unigénito puede ensalzarla. Por esto el propio Cristo “tomó el último lugar en el mundo – la cruz – y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente” (Enc. Deus caritas est, 35).

Al final de la parábola, Jesús sugiere al jefe de los fariseos que invite a su mesa no a sus amigos o parientes o vecinos ricos, sino a las personas más pobres y marginadas, que no tienen modo de devolvérselo (cfr Lc 14,13-14), para que el don sea gratuito. La verdadera recompensa, de hecho, al final, la dará Dios, “que gobierna el mundo... Nosotros le prestamos nuestro servicio en lo que podamos y hasta que Dios nos dé la fuerza para ello” (Enc. Deus caritas est, 35). Una vez más, por tanto, vemos a Cristo como modelo de humildad y de gratuidad: de Él aprendemos la paciencia en las tentaciones, la mansedumbre en las ofensas, la obediencia a Dios en el dolor, a la espera de que Aquél que nos ha invitado nos diga: “Amigo, sube más arriba” (cfr Lc 14,10); el verdadero bien, de hecho, es estar cerca de Él. San Luis IX, rey de Francia – cuya memoria se celebraba el pasado día 25 –  puso en práctica lo que está escrito en el Libro del Eclesiástico: “Cuanto más grande seas, más humilde debes ser, y así obtendrás el favor del Señor" (3,18). Así lo escribía en su “Testamento espiritual al hijo": "Si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas" (Acta Sanctorum Augusti 5 [1868], 546). BENEDICTO XVI).


EL AFÁN DE HONORES

Por nosotros Jesús se hizo pobre. Se humilló hasta la muerte de Cruz para que entrásemos por la Puerta Estrecha y siguiéramos el camino que es él mismo. Y aceptando a su Padre como nuestro Padre y nuestro único Dios y Señor, no nos hicéramos ídolos (nuestra tentación permanente de idolatría).

1. EL AFÁN DE HONORES ES UN ÍDOLO
 
Junto a los ídolos del dinero y del poder hay un tercer ídolo, no menos importante, que  es el afán de honores, cuya expresión más plástica nos la ofrece la imagen del banquete,  con su presidencia, sus lugares de honor, sus últimos puestos... Esta diversidad se advierte también a veces en las eucaristías cristianas.  Justamente en el evangelio de hoy, Lucas ofrece una teología de la asamblea cristiana, la  cual, por ser expresión del amor a Dios y a los hermanos, ha de ser fraternidad de iguales.

2. LA ASAMBLEA CRISTIANA ESTÁ ABIERTA A TODOS
 
La asamblea cristiana está abierta a todos, pero con preferencia por los «pobres,  lisiados, cojos y ciegos». El último puesto es el mejor, y el peor es el primero. Mejor dicho:  sólo se puede presidir desde la humildad y la justicia, desde la igualdad y la caridad.  Naturalmente, la riqueza impide la disponibilidad, mientras que la pobreza la favorece.

3. RENUNCIAR A LOS HONORES

Para entrar en el reino hay que renunciar a los honores, hay que ser desinteresado,  generoso, gratuito... Lo contrario de lo que hace el fariseo, el cual, sediento siempre de  honores, busca un lugar destacado en las sinagogas y en los banquetes y gusta de ser  saludado en las plazas públicas. Aparentar, ser reconocido, ser valorado. El Señor nos propone el camino de la sencillez y de la humildad, que es “andar en la verdad”. Todo lo hemos recibido de Dios”El encanto de las rosas es que, siendo tan hermosas, no conocen que lo son” (Pemán, en El divino impaciente)
¿Por qué nos gustan tanto los honores? ¿Somos desinteresados, gratuitos, generosos? ¿Se da entre nosotros la acepción de personas?
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